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Testimonio de nuestro socio coloborador

M
e llamo Francisco Javier Collado Fernández, soy enfermo alcohólico en rehabilitación. Tengo 55 años y pertenezco a la Asociación Libres de Adicciones Cástulo de Linares –ALAC-

Mi testimonio es como de cualquier compañero/a que por culpa de nuestra enfermedad hemos desperdiciado una parte de nuestra vida.

Empecé a beber a muy temprana edad, cuando tenía 16 años. Mucha gente veía normal que un joven se tomara alguna cerveza. Es más, te animaban a ello en algunos acontecimientos como bodas, cumpleaños… En nuestro ambiente estudiantil si bebíamos y fumábamos impresionaríamos más a las amigas (grave error). Éste es el inicio de una aventura con graves consecuencias.

Estando ya novio con la que después fue mi mujer, discutíamos mucho. Mi carácter fue cambiando. El alcohol estaba presente. Ahora sé que se estaba forjando la personalidad de un enfermo alcohólico, mentiroso, prepotente, celoso, que veía cosas donde no las había. Todo lo contrario de lo que era antes de empezar a beber.

Al cabo de 10 años de noviazgo, no exentos de problemas, me casé. Al principio todo iba muy bien, discutíamos menos y éramos felices. Poco duró, porque aprovechando que mi mujer trabajaba fuera de Linares, tenía más tiempo para mí. Más tiempo para beber, incluso escondía las botellas para que no se diera cuenta. Volvieron a aparecer las discusiones. Cualquier motivo por insignificante que fuera, daba lugar a reproches y encontronazos. No me daba cuenta que el alcohol tenía la culpa.

Siempre pedía perdón, pero la historia se volvía a repetir. La familia y los amigos sospechaban algo pero no me decían nada.

Tengo que decir que nunca maltraté físicamente a mi mujer. La quería mucho. Ahora sé que sí hubo maltrato psicológico. Siempre estuve pendiente de nuestra casa, de los problemas cotidianos, de la educación de mi hijo, aunque dedicaba más tiempo al alcohol que a él y tampoco descuidé mi trabajo. Pero poco a poco el alcohol me fue atrapando. Todo el mundo tenía la culpa menos yo y sin darme cuenta me estaba distanciando de todos.

En unas navidades, Noche Buena, estuve bebiendo todo el día con mis compañeros de trabajo y por la noche dejé tirado a mi familia. Me acosté porque no podía seguir. Al día siguiente mi mujer me dijo que me dejaba.

Yo le prometí una vez más que esto no volvería a suceder. Me convencieron para pedir ayuda (mis hermanos y mi mujer) y nos pusimos en contacto con la Asociación ALAC, donde me recibieron muy bien. La acogida me la hizo una buena persona y amigo Luis Miguel Márquez Cayuela y después me atendió la psicóloga de la Asociación y una gran profesional Ana María López Lorente. Pronto pasé al grupo de terapia donde conocí a mis compañeros y compañeras.

Al principio todo iba muy bien. La tranquilidad volvió a mi casa pero pasados unos meses empecé a picotear. Nadie se daba cuenta y estuve engañando a mi familia, a mi mujer, a mi hijo, a los compañeros de la asociación y lo peor de todo, me estaba engañando a mí mismo.

Yo pensaba que podía controlar la situación pero cada día quería más. Hasta que un compañero me pilló bebiendo y esto fue un punto de inflexión en mi vida.

Lógicamente mi mujer se enteró y nos divorciamos. Yo intenté que esto no sucediera pero ella lo tenía muy claro. No había vuelta atrás. No la culpo de nada. Respeté su decisión ya que yo fui el único responsable. Sin embargo, algunas veces me pregunto, ¿por qué no me dio otra oportunidad?. Ella me acompañó siempre a las terapias y conocía nuestra enfermedad. Soy consciente de que la engañé, la traicioné y eso es muy duro. Ahora con la mente más clara pienso que ya no me quería.

Seguí en la asociación. Las primeras terapias fueron muy duras. Normal, pues me lo merecía. Ahora sé por qué tuve la recaída. Simplemente porque no llegué a reconocer que tenía una enfermedad. Los enfermos alcohólicos eran los otros, no yo.

Me fui a vivir con mis padres. Me acogieron con los brazos abiertos. Mis hermanas me apoyaron (una de ellas me acompañó a las terapias) y mi hijo, del que me siento muy orgulloso, siempre ha estado a mi lado. Nunca me dijo y me reprochó nada, pero sé que sufrió en silencio.

Durante más de un año, mi vida ha sido un calvario. No podía dormir, el sentimiento de culpabilidad me invadía, noches de lágrimas viviendo un tortura psicológica que me llevaba a preguntar por qué me ha pasado esto a mí; por qué había dado lugar a destrozarme, a destrozar a mi alrededor. No me quería rendir, pero las fuerzas no me acompañaban. Se me apagó la ilusión y las ganas de vivir, pero tenía que tomar una decisión: recuperarme, encauzar mi vida, recuperar a mi familia, la credibilidad, la felicidad y luchar por mi hijo.

Tenía que confiar en mis posibilidades, en mis amigos y compañeros de la asociación. Juntos podíamos conseguir que llegara a ser la persona que en tiempo atrás fui.

Reconocí que tenía una enfermedad, que soy enfermo alcohólico y que no voy a beber nunca más.

Empecé mi rehabilitación con humildad, sinceridad y honestidad. Valores que la enfermedad me escondió en un cajón.

Gracias a nuestra psicóloga Ana, monitores y compañeros he aprendido a quererme, a valorar todo lo que me rodea. No es camino fácil y soy consciente que mi enfermedad es para toda la vida, pero tengo las ideas muy claras y por nada del mundo voy a cambiar. No merece la pena.

Estoy integrado totalmente en la Asociación ayudando y recibiendo ayuda porque todos necesitamos de todos.

Miento si digo que no confiaba en sacar adelante mi matrimonio. Ahora estoy convencido que no es posible, pero la relación con mi ex-mujer es buena por el bien de los dos y por el bien de mi hijo Alejandro. Quiero que se sienta orgulloso de su padre, que me vea feliz y contento porque si yo estoy bien, mi hijo, mi familia y mis amigos también lo estarán.

Animo a todas las personas que tengan esta enfermedad a que sean valientes, que lo reconozcan abiertamente y no den lugar a perder lo que yo perdí, porque se puede vivir y ser feliz sin alcohol.

La vida me ha dado otra oportunidad y no pienso desaprovecharla. Gracias a mi Asociación ALAC he aprendido a recorrer el Camino de la Libertad.

Deseo que quien lea este humilde pero sincero testimonio le sirva para no cometer los errores que cometí yo.

Un abrazo muy fuerte para todos/as.

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